Cambios en el comportamiento, pérdida de interés en actividades habituales, nerviosismo y aislamiento social pueden ser señales de dificultades emocionales en los niños, niñas y adolescentes que requieren atención, señala profesional de Aldeas Infantiles SOS.

02 de noviembre, 2026. Los cambios en el comportamiento, la pérdida de interés en actividades habituales, el nerviosismo o el aislamiento social pueden ser señales de que un niño, niña o adolescente está experimentando dificultades en su salud mental. Sin embargo, especialistas señalan que, en Costa Rica, reconocer oportunamente estas manifestaciones aún representa un desafío para las familias, especialmente cuando se confunden con comportamientos propios de la edad o situaciones pasajeras.
Esta problemática adquiere mayor relevancia ante diversas cifras nacionales e internacionales. Según el estudio Evolución de la depresión en Costa Rica (2018-2025) y pronósticos (2026-2033)[1], elaborado por la Universidad Estatal a Distancia (UNED) y la Secretaría Técnica de Salud Mental del Ministerio de Salud, los diagnósticos registrados de depresión en Costa Rica aumentaron un 146,1% entre 2018 y 2025, al pasar de 4.237 a 10.427 casos en la población general. El grupo de 15 a 19 años figura entre los que concentraron más diagnósticos durante ese período. A escala mundial, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años presenta algún trastorno mental, lo que representa el 15% de la carga mundial de morbimortalidad para este grupo etario.
Ante esta realidad, especialistas de Aldeas Infantiles SOS señalan la importancia de comprender los factores que pueden afectar el bienestar emocional de las personas menores de edad y fortalecer el acompañamiento desde el hogar. Dulce Ramírez, coordinadora del Programa Especializado SOS Niñez de esta organización, explicó que lo primero que hay que entender es que las manifestaciones de ansiedad, depresión o aislamiento social en esta población no necesariamente responden a una única causa. Sino que su aparición puede estar relacionada con diferentes circunstancias del entorno familiar, educativo y social, así como con situaciones particulares que experimenta cada niño, niña o adolescente.
“Uno de los principales desafíos consiste en comprender qué está ocurriendo detrás de los cambios de conducta, en lugar de atribuirlos inmediatamente a una enfermedad o restarles importancia. También hay que analizar qué estamos haciendo nosotros como adultos para poder llegar a profundizar un poco el síntoma que pueda estar presentando esa persona menor de edad», señaló Ramírez.
¿Cómo reconocer las señales de ansiedad o depresión?
Aunque ambas condiciones pueden afectar el bienestar emocional y el desarrollo de niños, niñas y adolescentes, sus manifestaciones pueden ser distintas. Según explicó la especialista De Aldeas Infantiles SOS, la ansiedad puede expresarse mediante señales físicas y emocionales, como nerviosismo, movimientos repetitivos de manos o piernas, necesidad de caminar constantemente, aceleración del ritmo cardíaco o sudoración.
En el caso de la depresión, las manifestaciones pueden incluir apatía, disminución de la motivación y pérdida de interés en actividades que anteriormente generaban satisfacción. Por ejemplo, un niño, niña o adolescente que disfrutaba compartir con sus amistades, salir de casa o participar en determinadas actividades podría comenzar a evitar esos espacios o mostrar menos interés por ellos.
Sin embargo, aclaró Ramírez, experimentar alguna de estas señales no significa necesariamente que exista un trastorno de ansiedad o depresión en las personas menores de edad. La especialista aclaró que es necesario acudir a profesionales en psicología, psiquiatría u otras áreas de atención especializada para determinar si las manifestaciones corresponden a una condición de salud mental.
Ramírez explicó que esta diferencia resulta particularmente importante porque una reacción emocional ante una situación específica no necesariamente constituye una enfermedad. Por ello, las familias deben prestar atención a los cambios en los niños, niñas y adolescentes, así como de las circunstancias en las que aparecen y su persistencia en la vida cotidiana.
Escuchar sin minimizar las emociones
La especialista mencionó, además, que uno de los principales errores que pueden cometer las personas adultas es restar importancia a las emociones que expresan sus hijos e hijas. Esto porque comentarios que atribuyen la tristeza, el desánimo o el aislamiento a la falta de actividades pueden provocar que las personas menores de edad dejen de comunicar lo que sienten.
“Aquí la escucha activa y el buscar un entorno seguro y protector tiene que ser también la base fundamental. La escucha activa implica dedicar tiempo, prestar atención y permitir que los niños, niñas y adolescentes expresen sus sentimientos sin temor a ser juzgados”, dijo Ramírez.
Añadió que, en este proceso, las familias pueden comenzar con conversaciones sencillas sobre las experiencias cotidianas. Por ejemplo, en lugar de limitarse a preguntar cómo estuvo el día, pueden interesarse por las situaciones que les generaron alegría, tristeza, preocupación o incomodidad. “Estas conversaciones también permiten enseñar a reconocer y expresar las emociones, una capacidad que no siempre está desarrollada durante la niñez y adolescencia”, dijo la vocera de Aldeas Infantiles SOS.
En esta línea, la especialista insistió en que las familias deben aprender a validar lo que sienten sus hijos e hijas, incluso cuando las razones de ese sentimiento no parezcan importantes desde una perspectiva adulta.
La prevención comienza con las rutinas familiares
Además de la comunicación, el bienestar emocional requiere hábitos cotidianos que contribuyan a generar estabilidad y espacios de acompañamiento. Precisamente, entre las principales acciones preventivas, Ramírez destacó la importancia de establecer horarios de descanso, mantener rutinas y promover actividades físicas compartidas para las personas menores de edad.
Por ejemplo, contar con horarios regulares de sueño puede contribuir a que las personas menores de edad enfrenten sus actividades escolares con mayor disposición. Asimismo, incorporar momentos de movimiento o ejercicio durante la semana permite fortalecer tanto los hábitos saludables como la convivencia familiar. Para ello, la especialista explicó que las familias pueden realizar ejercicios sencillos en casa, dedicar algunos minutos a actividades físicas compartidas o incorporar espacios recreativos en sus rutinas.
Sin embargo, Ramírez destacó que, más allá de la actividad específica, lo importante es generar oportunidades de interacción y acompañamiento. «No se requiere una gran cantidad, lo que requerimos es ese acompañamiento de calidad que yo, como papá o mamá, pueda ejercer», indicó, y resaltó, además, que estas prácticas no sustituyen la atención profesional cuando existe una condición de salud mental, pero pueden contribuir a construir un entorno protector y facilitar la identificación temprana de cambios emocionales o conductuales.
Afectaciones a largo plazo
La falta de atención oportuna de la salud emocional de los niños, niñas y adolescentes puede provocar que las dificultades emocionales se intensifiquen y comiencen a afectar otras áreas de su vida. Ramírez advirtió que algunas manifestaciones pueden evolucionar hacia situaciones más complejas, incluyendo dificultades importantes en el desempeño educativo, autolesiones o pensamientos relacionados con hacerse daño.
Esto no significa que todas las personas que experimentan ansiedad, tristeza o aislamiento desarrollarán estas complicaciones, sino que la identificación y atención tempranas son fundamentales para reducir esos riesgos. La especialista también destacó que el entorno educativo puede contribuir a reconocer cambios en el comportamiento o desempeño que no siempre resultan evidentes en el hogar. Por esta razón, el acompañamiento debe involucrar tanto a las familias como a los centros educativos y, cuando sea necesario, a profesionales especializados.
También, cuando los cambios emocionales o conductuales generan preocupación, la principal recomendación es acudir a profesionales en salud mental que puedan realizar una valoración adecuada. La especialista también recomendó que niños, niñas y adolescentes identifiquen una persona adulta de confianza con quien puedan hablar cuando atraviesan situaciones emocionalmente difíciles.
Ramírez concluyó que fortalecer la confianza y mantener abiertas las oportunidades de comunicación resulta esencial para acompañar el desarrollo emocional desde edades tempranas. “Hay que validar esa emoción. Nunca hay que minimizarla, sino que más bien es que el adulto valida lo que está expresando la persona menor de edad y busca una ayuda posterior”, concluyó la coordinadora del Programa Especializado SOS Niñez de Aldeas Infantiles SOS.





