
Olga Vargas es una mujer tenaz que ama el campo y la tierra que la vio nacer. Esta vecina de Ujarrás, en Buenos Aires de Puntarenas, al sur de Costa Rica, desde hace 15 años encontró en la agricultura no solo un sustento, sino un sentido de propósito y conexión con la naturaleza. “Poder escuchar el canto de los pájaros, ver el verde de la finca y sentir que el río me sana, me hace feliz”, dice con orgullo.
Pero esa alegría se vio opacada por la preocupación. Las comunidades rurales de Costa Rica, como las de Buenos Aires, donde predomina la agricultura familiar, los Pueblos Indígenas y existen altos índices de pobreza, enfrentan una doble amenaza: la crisis climática y las desigualdades estructurales, como el menor acceso de las mujeres a crédito, asistencia técnica y activos productivos.
El aumento de las temperaturas, la irregularidad en las lluvias y la frecuencia de eventos climáticos extremos que afectan a Olga y su comunidad se tradujo en aumento de plagas, cambios en las zonas aptas para cultivos y la disminución del rendimiento de cafetales y otros alimentos que producen.
En este escenario, el proyecto “Empoderando comunidades en sistemas agroalimentarios sostenibles”, financiado por el Fondo Conjunto para los Objetivos de Desarrollo Sostenible (SDG Fund) e implementado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), en coordinación con el Ministerio de Agricultura y Ganadería, el Ministerio de Salud y los gobiernos locales de Buenos Aires y Guatuso, llegó como una luz de esperanza.
A través de fortalecer la gobernanza local, el mejoramiento de las prácticas agrícolas y los hábitos alimentarios de las familias productoras que apoyó el proyecto, la comunidad está logrando empoderarse e impulsar la producción gracias al aumento de sus capacidades e infraestructura, así como el consumo local.
En las capacitaciones que Olga recibió del proyecto dice que aprendió “a mirar el suelo como algo vivo, no como algo que solo está ahí y ya”. Ella puso su finca a disposición como espacio para talleres prácticos de manejo de suelos y producción sostenible. “Uno tiene que estar despierta, aprendiendo siempre”, reflexiona consciente del valor del conocimiento que ahora comparte con su comunidad.
La iniciativa también contribuyó con la mejora de infraestructura para la producción; reforzó huertas escolares y comunitarias; aportó insumos para apoyar el trabajo de instituciones locales del Estado, generando impactos positivos no solo en la nutrición, sino también en la economía local.
Una de las mejoras en infraestructura es la implementación de sistemas de riego y reservorios de agua. Olga recibió estos insumos, gracias a las cuales hoy cultiva guayabas todo el año, sin depender exclusivamente de la lluvia y ha aumentado sus cultivos de 100 a 140 árboles.
“El proyecto me ha simplificado la vida. Ahora el agua llega directamente a mis arbolitos y el reservorio me permite almacenar durante la noche para regar en la mañana y en la tarde. Aquí el verano es muy seco, pero con este sistema puedo adelantar el tiempo de la producción”, explica.
Esta optimización del uso del agua permitió a Olga mejorar su producción hacia la acuaponía con el cultivo de tilapia. “Mantengo el estanque cuna para mis alevines y actualmente me permite tener unos seiscientos alevines de engorde”. Con ello, explica, puede tener unos mil peces en desarrollo y podría alcanzar a tener entre quinientos y dos mil. “Todo esto ha fortalecido mi trabajo y mi bienestar”, agrega.
Acciones que siembran nuevas oportunidades
El trabajo conjunto de los organismos e instituciones involucradas permitió articular políticas y acciones que integran la planificación alimentaria local con estrategias climáticas e inclusión social.
Olga resume su experiencia con una frase que inspira: “Aquí estoy, con la tierra bajo mis pies y mis manos llenas de vida. No es fácil, pero cuando uno ve que lo sembrado germina, uno también crece por dentro”.
La historia de esta Comunidad en Buenos Aires muestra que, pese a las dificultades, cuando se invierte en innovación sostenible con enfoque territorial, de género y alianzas, se pueden lograr resiliencia. La cooperación internacional, financiada por 17 países donantes y la Unión Europea a través del SDG Fund, ha sido un pilar para que iniciativas transformadoras como esta lleguen a mujeres como Olga, quienes protegen la tierra y el futuro de sus comunidades.
Desde el campo costarricense, las mujeres en condición vulnerable, como Olga, demuestran que cuando cuentan con apoyo, conocimiento y herramientas, lideran transformaciones que aportan a fortalecer seguridad alimentaria, la igualdad de género, la producción y consumo responsables, y la acción por el clima. La adaptación es posible y con el acompañamiento adecuado, cada parcela puede convertirse en un aula abierta, cada reservorio en una cosecha y cada familia es una defensora del suelo y el agua.




