Por: Juan Pablo Cardozo, Director General Regional de la Universidad del Istmo y la Universidad San Marcos.

Durante décadas, la educación superior en Costa Rica se ha entendido principalmente como un camino para formar profesionales que ingresen al mercado laboral; sin embargo, los desafíos actuales del país invitan a replantear esa visión. Hoy más que nunca, las universidades están llamadas no solo a preparar graduados para buscar empleo, sino también a formar líderes capaces de crearlo.
En un contexto marcado por la transformación tecnológica, la globalización y las nuevas dinámicas económicas, el emprendimiento se ha convertido en una habilidad estratégica. No se trata únicamente de abrir empresas, sino de desarrollar una mentalidad innovadora, capaz de identificar oportunidades, resolver problemas y generar valor para la sociedad.
Aquí es donde la universidad adquiere un papel fundamental. Las instituciones de educación superior son espacios privilegiados para cultivar el pensamiento crítico, la creatividad y la capacidad de liderazgo. Son, además, lugares donde convergen el conocimiento, la investigación y el talento joven, una combinación ideal para impulsar iniciativas emprendedoras que respondan a las necesidades del país.
Formar emprendedores no significa abandonar la formación académica tradicional, por el contrario, implica enriquecerla. Significa incorporar metodologías que estimulen la innovación, promover proyectos interdisciplinarios, acercar a los estudiantes al ecosistema empresarial y brindar herramientas prácticas para transformar ideas en iniciativas sostenibles.
Cuando las universidades fomentan esta cultura emprendedora, los estudiantes dejan de verse únicamente como futuros empleados y comienzan a reconocerse como agentes de cambio. Descubren que su formación puede convertirse en la base para desarrollar proyectos propios, crear empresas, impulsar soluciones tecnológicas o generar iniciativas con impacto social.
Para un país como Costa Rica, este cambio de enfoque es especialmente relevante, ya que el desarrollo económico sostenible depende en gran medida de la capacidad de generar nuevas oportunidades productivas. Las pequeñas y medianas empresas, muchas de ellas nacidas de iniciativas emprendedoras, representan una fuente importante de empleo, innovación y dinamismo económico.
El impulso al emprendimiento desde la universidad no debe entenderse como una moda educativa, sino como una estrategia de desarrollo nacional. Cuando un estudiante recibe apoyo para transformar una idea en un proyecto viable, no solo está construyendo su propio futuro, sino también contribuyendo al crecimiento del país.
Las universidades pueden desempeñar este papel a través de múltiples acciones: incubadoras de negocios, programas de mentoría, vínculos con el sector productivo, competencias de innovación, redes de inversionistas y espacios donde los estudiantes puedan experimentar, aprender del error y desarrollar proyectos reales.
Sobre todo, se requiere una visión educativa que inspire a los jóvenes a asumir riesgos con responsabilidad, a liderar con propósito y a comprender que emprender no es únicamente un camino individual, sino una forma de aportar al bienestar colectivo.
Costa Rica necesita profesionales preparados, pero también necesita personas que se atrevan a innovar, a transformar ideas en oportunidades y a generar empleo. En ese desafío, las universidades tienen una responsabilidad clave.
Formar emprendedores desde las aulas es, en última instancia, formar líderes capaces de construir el futuro económico y social del país.





