· Escuchar, validar lo que sienten y ofrecer acompañamiento oportuno ayuda a reducir la ansiedad y el impacto emocional que estos eventos generan.
· La participación de docentes, orientadores, familias y profesionales en salud mental es clave para fortalecer la sensación de seguridad, promover la convivencia pacífica y prevenir que el miedo, la desinformación o la estigmatización afecten el bienestar de la comunidad educativa.

El reciente episodio de violencia registrado en un centro educativo de Guanacaste, donde un estudiante resultó gravemente herido, vuelve a poner sobre la mesa una preocupación que trasciende las aulas: la necesidad de fortalecer la salud mental, la gestión emocional y la prevención temprana de la violencia en todos los entornos donde crecen las personas menores de edad.
Para Christian Murillo, coordinador de la Maestría en Psicología Clínica y de la Salud Mental de U Fidélitas, este tipo de hechos rara vez surge de manera aislada.
“Los actos de violencia suelen responder a una combinación de factores, entre ellos el estrés, la provocación, dificultades para manejar emociones intensas y la ausencia de herramientas adecuadas para resolver conflictos. Por eso, la prevención debe comenzar mucho antes de que ocurra una crisis y requiere la participación de familias, centros educativos y comunidades”, señaló.
El especialista advierte que Costa Rica ha sido testigo en los últimos años de diversos episodios de violencia en carreteras, comunidades, hogares y centros educativos. En algunos casos, agrega, estas conductas terminan normalizándose o justificándose, lo que dificulta reconocer a tiempo las señales de alerta.
La violencia suele entenderse como una manifestación externa de conflictos emocionales que no han encontrado una vía saludable para expresarse. Lejos de resolver los problemas, estas respuestas impulsivas suelen agravar las situaciones y generar consecuencias irreparables para las personas involucradas y sus familias.
Señales que requieren atención
Murillo explica que existen comportamientos que pueden indicar la necesidad de apoyo psicológico oportuno:
- Incremento repentino de conductas desafiantes y respuestas negativas ante situaciones cotidianas.
- Expresiones frecuentes de enojo, resentimiento o deseos de venganza.
- Dificultad para controlar impulsos.
- Problemas recurrentes de convivencia con compañeros, docentes o figuras de autoridad.
- Amenazas verbales o conductas intimidatorias.
- Interés excesivo y recurrente por contenidos violentos.
El especialista aclara que estas señales no significan necesariamente que una persona vaya a cometer un acto violento. Sin embargo, sí representan indicadores que ameritan acompañamiento familiar, seguimiento educativo y, cuando sea necesario, apoyo profesional.
El rol de las familias
La evidencia científica demuestra que uno de los principales factores de protección frente a la violencia es la presencia de vínculos afectivos seguros con personas adultas significativas.
“Los jóvenes buscan referentes constantemente. Por eso es fundamental que encuentren modelos positivos en sus hogares, centros educativos y comunidades”, destacó Murillo.
Entre las acciones que pueden implementar las familias se encuentran:
- Escuchar sin juzgar o culpar y crear espacios seguros para conversar sobre emociones y conflictos.
- Validar siempre los sentimientos de hijos e hijas sin minimizar lo que están viviendo.
- Establecer límites claros con afecto y respeto.
- Enseñar con el ejemplo formas pacíficas de resolver desacuerdos.
- Supervisar el uso de redes sociales y los contenidos digitales que consumen.
- Buscar ayuda profesional cuando se observen cambios emocionales o conductuales importantes.
Construir una cultura de paz
Costa Rica promulgo la Ley 10412 y su reglamento de Salud Mental 2025, donde realiza un llamado a todas las instituciones y actores sociales a trabajar de forma conjunta en factores protectores para fomentar una adecuada salud mental y su atención.
Diversas investigaciones en psicología coinciden en que las personas que desarrollan habilidades como la regulación emocional, el pensamiento crítico y la resolución de problemas presentan menos probabilidades de involucrarse en situaciones de violencia y muestran mejores niveles de adaptación y bienestar.
“Necesitamos recuperar espacios para la conversación, la reflexión y la comunicación respetuosa dentro de los hogares. La prevención de la violencia no es responsabilidad exclusiva de las escuelas ni de las autoridades; es una tarea compartida que empieza con el ejemplo de las personas adultas”, concluyó Murillo.
Cada episodio de violencia debe convertirse en una oportunidad para reforzar la cultura de paz, fortalecer las redes de apoyo y brindar a niños, niñas y adolescentes las herramientas necesarias para enfrentar los desafíos de la vida de manera saludable y constructiva.





