Javier Espinoza, Gerente general Grupo Ingesa

Hace apenas unas décadas, Costa Rica apostó por un modelo que cambiaría el rumbo de su economía. Mientras muchos países competían por atraer industrias mediante salarios bajos, nuestro país decidió ofrecer algo distinto: estabilidad democrática, seguridad jurídica, talento humano calificado y un régimen de zonas francas capaz de atraer empresas de clase mundial.
El resultado está a la vista. Hoy miles de familias costarricenses dependen directa o indirectamente del régimen de zonas francas. Además de generar empleo, cada nueva inversión impulsa proveedores nacionales, incluyendo pequeñas y medianas empresas, compañías de servicios y encadenamientos productivos que dinamizan la economía.
Hoy, los beneficios que genera el régimen de zonas francas trascienden a las empresas instaladas y alcanzan a miles de trabajadores, proveedores y comunidades. Pero ese liderazgo no está garantizado.
Cada nueva inversión internacional representa una competencia entre países. Costa Rica no compite únicamente con sus vecinos centroamericanos; también lo hace con destinos en América del Sur, Europa del Este y Asia. Cada empresa evalúa múltiples factores antes de decidir dónde instalar una nueva planta de producción, un centro de servicios o un laboratorio de investigación.
La estabilidad política importa. La seguridad jurídica también. La disponibilidad de talento humano resulta fundamental. Sin embargo, existe otro factor que con frecuencia pasa desapercibido en la discusión pública: el costo de operar. Y dentro de ese costo, la energía ocupa un lugar estratégico.
Para muchas industrias, especialmente las que operan las 24 horas del día o utilizan procesos intensivos en electricidad, la factura eléctrica representa uno de los principales costos permanentes de operación. Reducir ese costo no significa únicamente mejorar la rentabilidad de una empresa. También puede inclinar la balanza cuando una corporación internacional decide entre instalar su próxima inversión en Costa Rica o hacerlo en otro país.
Aquí es donde la eficiencia energética deja de ser un tema exclusivamente técnico.
Con frecuencia se asocia con apagar luces o cambiar bombillos. En realidad, es mucho más que eso. La eficiencia energética consiste en producir lo mismo —o incluso más— utilizando menos energía mediante mejores procesos, tecnologías y sistemas de gestión. Es competitividad aplicada.
Lo interesante es que esta estrategia genera beneficios que trascienden a cada empresa.
Una industria más eficiente fortalece su competitividad internacional, ayuda a conservar empleos, atrae nuevas inversiones y genera mayor actividad económica. Con ello también aumenta la demanda de servicios eléctricos. Esto abre una perspectiva que pocas veces se discute.
Con regularidad se presenta la eficiencia energética como si fuera incompatible con los intereses de las empresas distribuidoras de electricidad. Sin embargo, una economía más dinámica también puede significar nuevos clientes, mayor utilización de la infraestructura existente y un crecimiento sostenido de la demanda derivado de la llegada de nuevas industrias.
En otras palabras, una red eléctrica más eficiente y un país más competitivo no son objetivos opuestos; pueden reforzarse mutuamente cuando la política pública se diseña con visión de largo plazo. El contexto internacional vuelve esta discusión aún más relevante.
Nuestra matriz eléctrica renovable ya constituye una ventaja reconocida internacionalmente. Ahora corresponde aprovechar mejor esa fortaleza mediante políticas que incentiven el uso inteligente de la energía y permitan que las empresas produzcan más con los mismos recursos. No se trata únicamente de reducir costos eléctricos.
Se trata de fortalecer uno de los pilares que sostiene el empleo formal, las exportaciones y buena parte del crecimiento económico del país.
Las zonas francas han demostrado ser una de las decisiones estratégicas más exitosas de la historia económica reciente de Costa Rica. Si queremos que sigan siendo un motor de desarrollo durante las próximas décadas, debemos ofrecerles un entorno que evolucione al mismo ritmo que la competencia internacional.
Porque al final, la verdadera discusión no es cuánto consume una empresa de electricidad.
La verdadera pregunta es cuántos empleos, cuánta innovación y cuánta prosperidad estamos dispuestos a generar gracias a una política energética que convierta la eficiencia en una ventaja competitiva para todo el país.





