- Un informe de la consultora Willis Towers Watson (WTW) advierte que el 41% de los bancos latinoamericanos carece de mecanismos formales para identificar y gestionar los riesgos climáticos en sus balances.
- Los modelos tradicionales basados en datos históricos quedan obsoletos ante fenómenos extremos que golpean, al mismo tiempo, la capacidad de pago de los deudores y el valor de las garantías de los créditos.

San José, Costa Rica.— El cambio climático ha dejado de ser una lejana declaración de intenciones ambientales para convertirse en un factor de riesgo financiero puro y duro en América Latina. La mayor frecuencia e intensidad de fenómenos como huracanes, sequías prolongadas e inundaciones está transformando silenciosamente el perfil de riesgo de carteras clave como la agricultura, la infraestructura y el financiamiento inmobiliario, según revela el último informe El Futuro del Riesgo Financiero, elaborado por WTW Corredores de Seguros.
A pesar de que los modelos económicos globales advierten que cada grado de aumento en la temperatura global podría traducirse en una caída del 12% del PIB global, con un impacto desproporcionado en las economías emergentes, el sistema financiero regional arrastra una importante brecha de adaptación. El estudio de WTW destaca que el 41% de los bancos de América Latina y el Caribe opera actualmente sin herramientas formales para medir cómo el entorno afecta sus carteras de crédito.
Esta falta de previsión es especialmente crítica en la cartera agrícola, que funciona hoy como el principal termómetro del riesgo físico directo. Los eventos extremos ya no pueden analizarse como sucesos aislados; la creciente correlación entre sequías e inundaciones implica que múltiples deudores agroindustriales y colaterales rurales pueden resultar afectados de forma simultánea, elevando las tasas de morosidad (NPL) en bloque y desafiando los modelos de reservas de capital tradicionales que no incorporan escenarios prospectivos.
Tasaciones bajo la lupa y el rol de los bancos centrales
El mercado inmobiliario y el financiamiento de infraestructura de largo plazo también muestran focos de vulnerabilidad que los marcos actuales de tasación rara vez capturan. El análisis advierte que propiedades ubicadas en zonas costeras expuestas a la elevación del nivel del mar, en llanuras propensas a inundaciones o en regiones con un elevado estrés hídrico sufrirán ajustes significativos de valoración en horizontes de 10 a 20 años. Dado que estos bienes raíces representan la principal garantía de las carteras hipotecarias, su pérdida de valor presente es un riesgo real que ya se aloja en los balances bancarios.
Ante esta realidad, los bancos centrales y las autoridades supervisoras de la región, particularmente zonas con mayor exposición directa en Centroamérica y el Caribe, han comenzado a exigir pruebas de estrés climático. Estas herramientas obligan a las entidades financieras a demostrar cómo soportarían sus activos ante escenarios ambientales severos para proteger la estabilidad del sistema prudencial.
«Integrar el riesgo climático en los modelos de crédito ya no es un asunto de cumplimiento normativo voluntario, sino una obligación fiduciaria ante inversores y reguladores. El verdadero reto de las juntas directivas consiste en abandonar los datos históricos y aprender a gestionar la incertidumbre mediante modelos analíticos prospectivos que midan el impacto ambiental a largo plazo«, comentó Mauricio Granados, gerente general de WTW Corredores de Seguros en Costa Rica.
El informe de WTW concluye con un contrapeso positivo: la transición hacia una economía de bajas emisiones representa una de las mayores oportunidades de negocio financiero en décadas. Aunque actualmente América Latina recibe apenas el 6% del financiamiento climático global, el desarrollo de bonos verdes, créditos sostenibles y seguros paramétricos ligados a variables climáticas será el factor que diferencie a las entidades que logren transformar la incertidumbre ambiental en una ventaja competitiva sostenible.





