Comprender el neurodesarrollo permitiría prevenir el delito juvenil de forma más inteligente

Comprender el neurodesarrollo permitiría prevenir el delito juvenil de forma más inteligente

  • La criminología advierte que las conductas delictivas suelen surgir de la interacción de factores individuales, familiares, educativos y comunitarios.
  • Intervenir desde la infancia y la adolescencia puede fortalecer el autocontrol, la regulación emocional y la toma de decisiones, además de reducir factores asociados con la violencia y la reincidencia.

San José, Costa Rica, julio 2026. De acuerdo a la Escuela de Criminología de ULICORI, incorporar el enfoque de neurodesarrollo en las estrategias de prevención permitiría identificar factores de vulnerabilidad y fortalecer capacidades como el autocontrol, la regulación emocional y la toma de decisiones desde etapas tempranas.

El neurodesarrollo corresponde al proceso mediante el cual el sistema nervioso se organiza y madura desde la gestación hasta el inicio de la adultez. Durante este período se producen millones de conexiones sinápticas que permiten la comunicación entre neuronas, formando las redes cerebrales responsables del aprendizaje, la memoria, la regulación emocional, la empatía, el lenguaje y el razonamiento.

En los primeros años de vida ocurre una intensa formación de conexiones neuronales, seguida por un proceso natural denominado poda sináptica, mediante el cual el cerebro fortalece las conexiones que son utilizadas con mayor frecuencia y elimina aquellas que resultan innecesarias. Este mecanismo incrementa la eficiencia cerebral y demuestra que las experiencias tempranas desempeñan un papel determinante en la organización funcional del cerebro.

Desde la perspectiva criminológica, este proceso adquiere especial relevancia porque las experiencias positivas, como el apego seguro, la estimulación cognitiva, la educación de calidad y los ambientes protectores, fortalecen circuitos relacionados con el autocontrol, la resolución de conflictos y la regulación emocional. En contraste, la exposición persistente a violencia, negligencia, abuso, consumo problemático de sustancias en el entorno familiar o estrés tóxico puede alterar el desarrollo de estos circuitos, incrementando condiciones de vulnerabilidad que, junto con múltiples factores sociales y ambientales, podrían facilitar trayectorias de riesgo.

Otro elemento fundamental es el desarrollo progresivo de la corteza prefrontal, región cerebral encargada de las funciones ejecutivas superiores, entre ellas la planificación, el razonamiento, el control inhibitorio, la anticipación de consecuencias, la toma de decisiones y el juicio moral. Esta estructura continúa madurando hasta aproximadamente los 30 años de edad.

Durante la adolescencia, las áreas cerebrales relacionadas con la búsqueda de recompensas, las emociones y la motivación alcanzan un elevado nivel de activación, mientras que la corteza prefrontal aún se encuentra en proceso de consolidación. Esta diferencia en los tiempos de maduración ayuda a comprender por qué los adolescentes pueden mostrar mayor impulsividad, asumir conductas de riesgo o verse más influenciados por la presión del grupo de pares, sin que ello implique una predisposición inevitable hacia la delincuencia.

«La criminología comprende que conocer cómo se desarrolla el cerebro no significa justificar una conducta delictiva. Significa identificar oportunidades de intervención antes de que aparezcan los problemas, fortaleciendo factores protectores que permitan a niños, niñas y adolescentes desarrollar plenamente sus capacidades de autocontrol, empatía y convivencia social», explicó Thais Fonseca, directora de la Escuela de Criminología de ULICORI.

Uno de los mayores aportes de las neurociencias es el concepto de plasticidad cerebral. El cerebro mantiene la capacidad de reorganizar sus conexiones neuronales como respuesta al aprendizaje, las experiencias y los procesos de intervención. Esto significa que las trayectorias de vulnerabilidad pueden modificarse mediante estrategias preventivas oportunas, incluso después de haber existido experiencias adversas durante la infancia.

La plasticidad cerebral respalda científicamente la importancia de fortalecer programas de estimulación temprana, educación socioemocional, apoyo familiar, salud mental, permanencia educativa, deporte, cultura, mentorías y espacios comunitarios protectores. Estas intervenciones favorecen el fortalecimiento de funciones ejecutivas, la regulación emocional y las habilidades sociales, elementos esenciales para reducir factores asociados con la violencia y la reincidencia.

En Costa Rica, comprender el neurodesarrollo representa una oportunidad para fortalecer la prevención del delito desde una perspectiva más temprana e integral. Invertir en la infancia, promover un desarrollo saludable y generar entornos protectores puede contribuir a reducir factores de riesgo vinculados con la violencia y a construir comunidades más seguras.

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