Expertos destacan que anticipar riesgos climáticos como inundaciones, sequías y temperaturas más altas desde las primeras etapas del diseño, ayuda a reducir sus impactos y crear hogares, edificios y ciudades más seguros, confortables y preparados para las personas que los habitan.

San José, Costa Rica. Septiembre de 2026. Las condiciones climáticas están cambiando a un ritmo acelerado. Las familias que ven afectado su patrimonio por una inundación, quienes enfrentan días de intenso calor en viviendas con poca ventilación o las personas que recorren una ciudad sin suficientes árboles y espacios de sombra viven una realidad cada vez más difícil de ignorar.
Estas condiciones también afectan a comercios y empresas, que pueden enfrentar daños en sus instalaciones, interrupciones en sus operaciones y por ende, pérdidas económicas. El clima no solo transforma nuestro entorno: también influye en nuestra seguridad, bienestar, trabajo y en la manera en que habitamos y utilizamos los espacios.
Costa Rica ya ha experimentado estas situaciones. En noviembre de 2024, las fuertes lluvias provocaron inundaciones y deslizamientos y generaron afectaciones en distintas regiones del país. Ese mismo año, también se registraron episodios de calor extremo: en marzo, el Instituto Meteorológico Nacional (IMN) reportó una temperatura de 41 °C en Filadelfia, Guanacaste.
Ahora, el fortalecimiento de El Niño vuelve a poner esta conversación en primer plano. El Niño forma parte de un ciclo natural conocido como El Niño-Oscilación del Sur (ENOS), que también incluye a La Niña. Ambos fenómenos pueden modificar los patrones de lluvia y temperatura, aunque sus efectos varían según la región y el momento. Esto significa que el país debe estar preparado para condiciones muy distintas: desde períodos de calor, sequía y menor disponibilidad de agua hasta lluvias intensas e inundaciones, además de condiciones que pueden favorecer la propagación de incendios forestales.
El desafío, por tanto, no es diseñar para un único escenario, sino prepararnos para una mayor variabilidad climática. Para Gensler, firma de arquitectura, diseño y planificación, el diseño puede convertirse en una herramienta de adaptación: una oportunidad para reducir vulnerabilidades y crear hogares, edificios y ciudades que protejan mejor a las personas frente a condiciones que seguirán cambiando.
“Tenemos la responsabilidad de que los edificios que diseñemos hoy, deben sobrevivir y mantenerse en pie durante décadas. Por eso necesitamos pensar no solamente en las condiciones actuales, sino investigar y analizar el impacto del cambio climático en los próximos 50 años, en aspectos como temperatura, disponibilidad de agua y otros factores durante su vida útil. Actualmente, contamos con más información, datos y mejores herramientas para lograrlo y eso nos permite tomar decisiones mucho más conscientes desde el inicio y diseñar pensando en el futuro”, explicó Fabiola Sánchez, líder regional de Sostenibilidad de Gensler.
Anticiparse desde el diseño
Durante años, gran parte de la conversación sobre cambio climático estuvo concentrada en reducir emisiones. Esto continúa siendo fundamental, pero hoy debemos hacernos otra pregunta: ¿cómo diseñamos para mitigar el impacto que inundaciones, sequías, olas de calor y otros eventos pueden tener sobre las personas, sus hogares, comunidades y lugares de trabajo?
La respuesta comienza incluso antes de la primera decisión de diseño. Elegir dónde construir y conocer los riesgos de una zona permite anticipar cómo el calor, las lluvias, las inundaciones o la disponibilidad de agua podrían afectar un proyecto y, sobre todo, a quienes lo utilizan.
Hoy también es posible combinar información histórica con proyecciones climáticas y herramientas de simulación para analizar cómo podrían cambiar estas condiciones durante las próximas décadas. El objetivo no es predecir exactamente qué ocurrirá, sino contar con más información para tomar mejores decisiones.
Anticiparse también puede generar beneficios económicos. El estudio Resilience by Design 2026, del Gensler Research Institute, cita una investigación según la cual, cuando los riesgos climáticos de un lugar se consideran adecuadamente, cada dólar invertido en preparación ante desastres puede evitar hasta US$33 en pérdidas de actividad económica asociadas a daños e interrupciones.
El mismo estudio destaca la importancia de diseñar de acuerdo con las condiciones de cada lugar y menciona a San José, junto con Santo Domingo, como ejemplo de ciudades tropicales donde el calor extremo y una humedad superior al 80% condicionan prácticamente todas las decisiones de diseño. Frente a estas condiciones, el informe destaca soluciones como aleros profundos, ventilación cruzada y calles sombreadas y permeables.
Estas decisiones pueden ser muy concretas. En zonas expuestas a inundaciones, por ejemplo, se puede estudiar la ubicación de equipos y sistemas esenciales para reducir el riesgo de daños y facilitar la recuperación. Ante períodos de escasez de agua, pueden incorporarse soluciones para disminuir el consumo, captar agua de lluvia, tratarla o reutilizarla. Y frente a temperaturas más altas, la orientación de un edificio, la ventilación natural, la protección solar, los materiales elegidos y la presencia de vegetación y sombra pueden contribuir a crear espacios más confortables para las personas.
Estas estrategias no son exclusivas de grandes desarrollos ni de edificios nuevos. Pueden aplicarse, a diferentes escalas, en viviendas, escuelas, hospitales, oficinas, comercios y otros espacios que utilizamos todos los días. Las construcciones existentes también pueden adaptarse para responder mejor a nuevas condiciones y necesidades. La resiliencia, por tanto, no debería incorporarse cuando aparece el problema: debe formar parte de las decisiones sobre dónde, cómo y para quién diseñamos.
La naturaleza también es parte de la solución
Prepararnos para un clima más variable no depende únicamente de tecnología o infraestructura. Parte de la respuesta está en los sistemas naturales. La vegetación, los suelos permeables y otros elementos del paisaje pueden contribuir a manejar el agua, moderar las temperaturas y fortalecer la biodiversidad.
La naturaleza es parte de la solución. Elementos naturales como los árboles, la vegetación, los suelos y el agua cumplen funciones que van mucho más allá de lo visual: aportan sombra, mejoran el confort térmico, ayudan a gestionar el agua y sostienen la biodiversidad. Por eso, la capa de paisaje debe incorporarse desde el inicio del proceso de diseño y responder a las condiciones específicas de cada lugar. Señaló Gabriela Molina, Directora de Diseño y Líder Regional de Sostenibilidad de Gensler.
Esto es especialmente relevante en un país tropical como Costa Rica. No se trata simplemente de agregar vegetación, sino de entender las condiciones de cada lugar, preservar árboles maduros cuando sea posible, seleccionar especies apropiadas y hacer espacio para que la naturaleza cumpla una función real en nuestros hogares, proyectos y ciudades.
Diseñar para las personas y para el futuro
Adaptarnos a un clima más variable requiere mirar el entorno construido como un sistema. Arquitectos, ingenieros, paisajistas y especialistas ambientales pueden trabajar conjuntamente para entender los riesgos y encontrar soluciones que respondan tanto a las condiciones del lugar como a las necesidades de las personas.
Y no todo empieza desde cero. Muchos hogares y edificios existentes pueden mejorar su ventilación, aprovechar mejor la sombra, utilizar el agua de manera más eficiente o incorporar soluciones que les permitan responder mejor a riesgos que quizás no fueron considerados cuando se construyeron.
El objetivo no es diseñar desde el temor a la próxima sequía, inundación u ola de calor, sino aprovechar el conocimiento disponible para anticiparnos y prepararnos. No podemos evitar todos los efectos de un clima extremo y variable, pero sí podemos tomar mejores decisiones para reducir sus impactos. Diseñar pensando en el agua que puede faltar o acumularse, en el calor, en la sombra y en cómo utilizamos nuestros espacios es también diseñar pensando en las personas. En definitiva, preparar nuestros hogares, edificios y ciudades para el clima del futuro comienza con las decisiones que tomamos hoy.





