El crecimiento acelerado de la banca móvil y la sofisticación de la ingeniería social transforman la naturaleza del fraude financiero. El fenómeno ya golpea la gestión del riesgo, la confianza de los clientes y la continuidad del negocio en la región

San José, Costa Rica. El fraude digital ya no puede abordarse como un simple tropiezo operativo de las áreas de tecnología. Su crecimiento exponencial, su sofisticación y una velocidad de ejecución pasmosa lo han catapultado como uno de los principales riesgos estratégicos para las instituciones financieras de América Latina, según revela el informe El Futuro del Riesgo Financiero, elaborado por Willis Tower Watson (WTW), corredora de seguros.
El estudio identifica un cambio de fondo en la maquinaria de las organizaciones criminales. Los ataques actuales ya no buscan fisuras de código tradicionales; ahora combinan la manipulación psicológica (ingeniería social), el acceso remoto a dispositivos y la vulneración de los mecanismos de autenticación para realizar transferencias inmediatas de fondos. Esta combinación fulminante reduce al mínimo el tiempo de reacción de los sistemas tradicionales de monitoreo.
Como reflejo de esta evolución, el fraude digital en la banca móvil registró un alarmante crecimiento del 155% durante 2025. Paradójicamente, la expansión de los canales digitales, que ha abierto las puertas del sistema financiero a millones de personas, también ha ensanchado la superficie de exposición ante redes delictivas cada vez más especializadas.
El informe destaca que, en varios mercados de la región, la penetración de la banca móvil ya supera el 60% de la población adulta. Este vertiginoso proceso de digitalización representa un hito para la inclusión financiera, pero al mismo tiempo obliga a desmantelar y revisar los mecanismos convencionales de autenticación, el monitoreo transaccional y la propia educación de los usuarios ante modalidades de estafa que mutan cada semana.
Lo que más preocupa a los expertos es la velocidad del asalto. Los delincuentes son capaces de pasar del compromiso inicial de una cuenta a la evaporación fraudulenta de los recursos en cuestión de minutos, neutralizando las respuestas de los sistemas de detección convencionales. La geografía del fraude es elocuente: durante el último año, México registró un cuádruple incremento en los ataques de toma de cuentas, mientras que Colombia enfrentó repuntes sostenidos en campañas de phishing, intercambio fraudulento de tarjetas SIM (SIM swapping) y malware diseñado exclusivamente para dispositivos móviles.
Más allá de las pérdidas económicas inmediatas, el verdadero peligro es que los clientes dejen de confiar en la banca digital. Hoy, cuando la relación con el banco es casi 100% virtual, evitar los fraudes y reaccionar rápido es la única forma de mantener esa confianza.
Para Verónica Ureña, gerente de Seguros Corporativos, «el fraude digital ha evolucionado al mismo ritmo que la transformación tecnológica del sistema financiero. Hoy no basta con levantar muros o reforzar los controles tradicionales. Las instituciones necesitan tejer una red inteligente que combine capacidades tecnológicas avanzadas, analítica de amenazas, gestión integral del riesgo y una educación agresiva al usuario para responder a ataques que cambian de forma constante.»
Esta evolución obliga a replantear la gestión del riesgo operacional desde la raíz. La prevención del fraude ya no puede depender exclusivamente de herramientas informáticas; exige una coordinación transversal e inmediata entre las áreas de ciberseguridad, riesgos, cumplimiento, atención al cliente y la alta dirección. Anticipar las nuevas modalidades de ataque es hoy el único camino para blindar tanto los activos financieros como la reputación institucional.
Para las entidades financieras de América Latina ya no se trata de reaccionar cuando el daño está hecho. El desafío actual es adelantarse a un tipo de delito que se aprovecha por igual de los fallos en los sistemas y de los descuidos humanos..





