El patrimonio agrícola común que sustenta a comunidades y bosques en el sur del Brasil

En el sur del Brasil, una bebida nunca es solo una bebida. Cuando la cuia, una vasija de uso habitual para beber, va pasando de mano en mano llena de chimarrão, la tradicional infusión brasileña de yerba mate, la gente empieza a conversar y a familiarizarse con el lugar. La vasija transmite algo más que calor; transmite el recuerdo del bosque y los conocimientos derivados de la vida en él.
En el estado de Paraná, situado en el centro‑sur del Brasil, la yerba mate (Ilex paraguariensis) no se cultiva en campos desbrozados, sino en el interior de los bosques nativos. Esta manera sostenible de producir alimentos ha sustentado los medios de vida de las familias durante generaciones y ha dado forma a un paisaje en el que la agricultura no sustituye al bosque, sino que depende de él. Más allá de sus raíces culturales, la yerba mate también reviste importancia a escala mundial. El Brasil, junto con la Argentina y el Paraguay, se cuenta entre los principales productores y exportadores del mundo y abastece a mercados regionales e internacionales.
La convivencia con el bosque
Este sistema tradicional de cultivo de la yerba mate a la sombra es excepcional porque, bajo una intensa presión ambiental, combina la producción agrícola, la conservación de la biodiversidad y la organización social.
La selva de Araucaria, parte del bioma del bosque atlántico, está entre los ecosistemas más amenazados del planeta. Decenios de deforestación y cambios en el uso de la tierra han reducido de manera significativa su superficie original.
En este contexto, la continuidad de los sistemas agroforestales tradicionales no es fortuita. Es el resultado de decisiones cotidianas, de conocimientos y cuidados acumulados a lo largo de generaciones y de un esfuerzo colectivo. Gracias a estos sistemas de cultivo, la superficie restante de selva ha conservado su funcionalidad ecológica, su productividad económica y la gestión con perspectiva social, lo que crea resiliencia a la vez que sustenta los medios de vida rurales y transmite los conocimientos de generación en generación.
“No se trata tan solo de un sistema de cultivo; es una manera de convivir con el bosque”, dice Evelyn Nimmo, profesora adjunta de la Universidad Estatal de Ponta Grossa. “La producción, guiada por principios agroecológicos y conocimientos ancestrales, tiene lugar dentro del propio bosque. Las comunidades gestionan la cobertura de copa, la regeneración y la diversidad de modo que el bosque se mantenga en pie y a la vez sustente los medios de vida”.
Esta manera de comprender el bosque se traduce en prácticas concretas sobre el terreno. “Desde hace ya mucho tiempo, entendemos que es necesario preservar la selva de Araucaria, proteger las fuentes de agua y evitar el uso de productos agroquímicos”, dice João Carlos Andrianchyk, productor de yerba mate en pequeña escala. “Transmitimos esta visión a los más jóvenes, porque el mundo tendrá que seguir trabajando en esta línea si queremos mantener la calidad de vida de que disfrutamos aquí”.
Esa “calidad de vida” tiene sus raíces en la continuidad: la capacidad de vivir de la tierra sin agotarla. En comunidades como Pontilhão y Paço do Meio, más de 130 familias dependen directamente de la yerba mate, que a menudo representa alrededor del 70 % de los ingresos de sus hogares.
La biodiversidad como protección
El sistema que gestionan estas comunidades no es estático ni se descuida. Los bosques se cuidan activamente por medio de una poda selectiva y la regeneración natural. La yerba mate se cultiva junto a los árboles frutales, las plantas medicinales y las especies forestales nativos, con lo que se crea un entorno estratificado que favorece la biodiversidad, protege los suelos y regula los ciclos hídricos.
A diferencia de los monocultivos industriales, donde las plagas se controlan por medio de insumos químicos, estos sistemas basados en los bosques dependen del equilibrio ecológico. “Hay un gusano que daña la yerba mate”, explica el productor João Negir e Silva. “Pese a ello, nosotros llevamos diez u once años sin brotes. El gusano está presente en zonas vecinas, pero aquí no llega porque mantenemos la diversidad biológica”.
Aquí la biodiversidad no es un concepto abstracto, sino una forma de protección. Las aves, los insectos y las plantas interactúan de maneras que reducen la vulnerabilidad y permiten seguir produciendo sin que el bosque se degrade.
El trabajo se acomoda a los ritmos del ecosistema. Las hojas de yerba mate se cosechan cada tres años y, de este modo, las plantas tienen tiempo para regenerarse. La fruta se recoge sin sacudir los árboles.
Muchos productores propagan ellos mismos los plantones, con lo que mantienen las especies de árboles nativos —la araucaria, la imbuia y la canela guaica, elementos clave de la selva de Araucaria— y refuerzan la estructura del bosque a lo largo del tiempo.
“Sobrevivimos gracias a la agricultura y a la yerba mate que cultivamos”, dice la productora rural Olga Wenglarek. “Se aprovecha todo, desde la leña para cocinar hasta los alimentos de nuestros huertos. Para sobrevivir y asegurarnos de que quienes vengan después de nosotros tengan también un lugar donde vivir, se requieren cuidados”.
Reconocimiento con un propósito
El motivo por el que este esfuerzo tiene especial significación es que la araucaria (Araucaria angustifolia), la especie clave del bosque, no puede, de hecho, conservarse por medio de bancos de semillas convencionales. Sus semillas son muy perecederas y necesitan territorios vivos y funcionales para sobrevivir. Como consecuencia, la conservación a largo plazo de la selva de Araucaria depende directamente de las comunidades que mantienen el bosque en pie, productivo y conectado.
Esa responsabilidad se transmite de generación en generación. La yerba mate ya formaba parte de la vida de los Pueblos Indígenas mucho antes de llegar a los mercados comerciales. El árbol nativo, conocido como ka’a entre los guaraníes, se utiliza desde hace mucho tiempo en ceremonias y rituales, así como para el consumo diario.
“La yerba mate siempre ha formado parte de nuestra vida colectiva”, dice Antonio Lima, “cacique” (jefe de Pueblos Indígenas) del territorio de Rio d’Areia. “No solo tiene que ver con el consumo. Es un trabajo comunitario, con normas comunes sobre el cuidado del bosque, cuándo cosechar y cómo hacerlo. Esta organización es lo que ha permitido que el bosque siga en pie y que la comunidad se mantenga unida”.
En este contexto, el reconocimiento del sistema tradicional del cultivo de yerba mate a la sombra como Sistema importante del patrimonio agrícola mundial (SIPAM) por parte de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) posee una significación especial. Designado en mayo de 2025, el sistema se convirtió en el segundo SIPAM del Brasil, precedido por el sistema de las Sempre-Vivas de la Serra do Espinhaço.
“Este reconocimiento es mucho más que un título”, dice Jorge Meza, representante de la FAO en el Brasil. “Con él se demuestra que las comunidades locales han gestionado los bosques de manera sostenible durante siglos: han protegido la biodiversidad, han generado ingresos y han mantenido identidades culturales fuertes”.
En Paraná, la agricultura no es algo ajeno a la naturaleza; se integra con ella. El bosque se conserva no porque se lo haya dejado estar, sino porque ha sido trabajado, atendido y compartido, y con ello se ha creado resiliencia para las personas y los ecosistemas por igual.





