Por María José Bazo, Presidenta del Clúster Centroamérica, Schneider Electric.

San José, Costa Rica. 17 de septiembre de 2026. En el panorama actual de Centroamérica, la variabilidad climática ha dejado de ser una proyección a futuro para convertirse en un factor determinante de la continuidad operativa. Ya no se trata de reaccionar ante eventos climáticos únicos, sino de adaptarse a condiciones cada vez más extremas: la crisis climática llegó para quedarse. Fenómenos como El Niño, que según la Organización Meteorológica Mundial (OMM) se intensificará entre agosto y octubre con temperaturas superiores a la media, ponen a prueba la robustez de nuestra infraestructura energética.
Anteriores episodios intensos de El Niño han causado daños por valor de miles de millones de dólares en toda América Latina, provocando sequías severas en algunas regiones y desencadenando inundaciones y deslizamientos de tierra en otras. Este fenómeno afectó a la agricultura, puso bajo presión el suministro de agua potable, avivó incendios forestales y, en algunos países, redujo la generación de energía hidroeléctrica, dando lugar a escasez de energía. El panorama es muy variable de región en región.
En Panamá, por ejemplo, se espera que este fenómeno de El Niño que ya comenzó se intensifique y prolongue hasta enero de 2027, provocando una disminución de las lluvias en las regiones ubicadas en la vertiente del océano Pacífico. Sin embargo, en algunas regiones ubicadas en la vertiente del Mar Caribe puede darse un aumento en la cantidad de agua caída (esta ambigüedad se da en el territorio de Costa Rica, también). Las temperaturas aumentan, la temporada seca se prolonga, se incrementan los incendios de masa vegetal y disminuye la disponibilidad hídrica.
Si bien no podemos controlar los patrones de lluvia o calor, sí tenemos la capacidad de decidir qué tan preparados estamos para enfrentar sus efectos y hay que ser muy conscientes de esto para actuar antes de que haya consecuencias indeseadas sobre la estructura energética de la región.
La energía es un insumo estratégico para las industrias centroamericanas, y la historia demuestra que nuestra región ha dependido fuertemente de la generación hidroeléctrica, bajo presión cuando hay reducción de las precipitaciones y un consecuente descenso en los niveles de los embalses.
Veamos un caso. De acuerdo con la División Operación y Control del Sistema Eléctrico del Instituto Costarricense de Electricidad (DOCSE), el 64,7 de la capacidad instalada para producir electricidad en Costa Rica es hidroeléctrica, pero la producción de energía por esos medios registró una disminución del 5,84% a abril de 2026 en comparación con el año anterior, lo que evidencia la vulnerabilidad de la matriz ante la variabilidad hídrica.
Podemos tomar el ejemplo de Guatemala. La demanda de energía aumentó de manera constante en los últimos años y pasó de los 11.550 gigawatts (GWh) en 2021 a los 13.496.3 GWh en 2024. Las plantas hidráulicas fueron la principal fuente energética, con 5.334.2 GWh (41%) en 2024, y ya en ese año la demanda energética superó a la generación de energía. A esto se suma que Guatemala también sufrirá un alto estrés hídrico en esta temporada de El Niño.
Con menos lluvias, la generación hidroeléctrica disminuye, mientras que aumentan la generación térmica y el consumo de combustibles importados (derivados del petróleo) y se incrementan los costos para el sistema eléctrico.
En este contexto, la resiliencia energética deja de ser un concepto técnico para consolidarse como un pilar estratégico de la competitividad empresarial. Porque, en paralelo, enfrentamos una realidad ineludible: necesitaremos más electricidad, no menos.
El crecimiento económico regional, impulsado por la digitalización, la inteligencia artificial (IA), los centros de datos y la manufactura avanzada, proyecta un aumento sostenido en la demanda. En Costa Rica, la demanda eléctrica creció a un promedio anual del 3,4% entre 2021 y 2025, potenciada también por la electrificación del transporte y los procesos de descarbonización. Durante el Congreso Nacional de Energía 2026 organizado por la Cámara de Industrias de Costa Rica (ICR), la tarifa eléctrica en el país centroamericano subiría un 8% en 2027 debido tanto a la presión climática como a los mayores costos. Desde el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), los expertos advierten que los efectos del fenómeno de El Niño ya impactan el balance energético de la nación.
El gran desafío para las industrias, entonces, no es solo asegurar el suministro, sino que, además, deben poder hacer mucho más con los recursos disponibles. Es aquí donde debemos cambiar el diagnóstico por la solución: la eficiencia energética debe entenderse como una nueva fuente de capacidad. Cada kilovatio que dejamos de desperdiciar es energía que permanece disponible para generar valor real en la operación.
Garantizar una energía de alta calidad es fundamental, considerando que entre el 30% y el 40% de las fallas súbitas en equipos industriales están relacionadas con problemas de calidad energética. La mala calidad de la energía, con subidas y bajadas bruscas de voltaje por ejemplo, origina pérdidas globales anuales de hasta 300 mil millones de dólares. Para las organizaciones, el riesgo es inminente: entre el 30% y el 40% de las fallas súbitas en los equipos están relacionadas con la calidad energética, y una interrupción de apenas 0,1 segundos puede ser tan costosa como un apagón de una hora.
En un escenario de costos crecientes y presión sobre los recursos, la optimización del consumo no es solo una meta de sostenibilidad, sino una decisión financiera lógica.
La tecnología hoy nos permite pasar de la reacción a la anticipación. Mediante la digitalización y la automatización, las organizaciones pueden implementar sistemas de monitoreo y analítica de datos en tiempo real que funcionan como un «tablero de control» de su salud energética. La integración de herramientas de mantenimiento predictivo, gestión de la calidad de potencia, almacenamiento de energía y microrredes permite estabilizar el flujo eléctrico y proteger equipos costosos ante fluctuaciones.
Al utilizar inteligencia artificial (IA) para eliminar desperdicios de energía eléctrica, las empresas aseguran que cada dólar invertido se traduzca en trabajo productivo. Además, ayuda a que las empresas paguen únicamente por la energía que genera valor para su operación, evitando consumos innecesarios que incrementan los costos.
Como región, debemos elevar la reflexión: la resiliencia energética no se construye cuando aparece la emergencia, sino mucho antes. Una Centroamérica que aprende a gestionar inteligentemente su energía, que invierte en modernización tecnológica y que prioriza la eficiencia estará mejor posicionada para competir en un mercado global cada vez más exigente. La preparación anticipada, basada en datos y tecnología, es nuestra mejor herramienta para asegurar que, sin importar la intensidad del próximo fenómeno climático, nuestra capacidad de crecer y operar permanezca inalterable.





