· Cuando la familia se involucra desde el inicio, el estudiante entiende que su educación es una prioridad.

El inicio del período escolar no es un simple trámite en el calendario. Es, según especialistas en educación, un periodo decisivo que puede marcar el desempeño académico y emocional de niños, niñas y adolescentes durante todo el año.
Diversas investigaciones coinciden en que el acompañamiento familiar en las primeras semanas tiene un impacto directo en la adaptación y el rendimiento. La propia UNESCO ha insistido en que el vínculo entre familia y escuela es uno de los factores que más inciden en la permanencia y el éxito educativo.
En Costa Rica, donde cada ciclo lectivo inicia con expectativas renovadas, expertos en pedagogía recuerdan que los primeros días son clave para construir hábitos, rutinas y relaciones de confianza.
“El año escolar no se gana en el último período; se empieza a construir desde la primera semana”, afirma Josué Sánchez, director de la Escuela de Educación de la Universidad Fidélitas. “La educación es una tarea compartida. Cuando la familia y el centro educativo trabajan juntos desde el día uno, el estudiante tiene mejores condiciones para desarrollarse y salir bien en sus quehaceres estudiantiles”.
La rutina se modela
La estabilidad es un aliada del aprendizaje. Contar con horarios definidos para levantarse, alimentarse, estudiar y dormir favorece la concentración y la memoria.
Especialistas recomiendan que los estudiantes duerman entre ocho y diez horas, según su edad, y dispongan de un espacio tranquilo y bien iluminado para realizar sus tareas. Revisar los materiales el día anterior evita carreras de último momento y reduce el estrés matutino. Un estudiante descansado, organizado y bien alimentado no solo aprende mejor; también enfrenta el día con mayor seguridad.
Comunicación de doble vía
El contacto temprano entre padres, madres, encargados y docentes fortalece la confianza y previene malentendidos u omisiones. Asistir a reuniones de inicio de curso, conocer el reglamento y comprender las expectativas académicas permite acompañar con mayor claridad.
La comunicación cotidiana, revisar la agenda, atender circulares o intercambiar contactos, envía un mensaje claro al estudiante sobre la importancia que tiene su proceso educativo.
Apoyar no significa hacerlo todo
Enseñar a organizar la mochila la noche anterior, cumplir con responsabilidades y enfrentar pequeños errores es parte del aprendizaje. Guiar sin sustituir fortalece la autoestima y la responsabilidad personal, habilidades que trascienden el aula.
“Sobreproteger limita la posibilidad de crecer”, advierte Sánchez. “Un error y su consecuencia, bien acompañados, pueden enseñar más que un largo discurso”.
Observe comportamiento y comuníquese
El regreso a clases puede generar ansiedad, especialmente en quienes cambian de nivel o de centro educativo. Conversar cada día sobre lo que ocurre en el aula, validar emociones sin sobredimensionarlas y observar señales de estrés persistente resulta tan relevante como supervisar tareas. La contención emocional desde el hogar crea un entorno seguro que facilita el aprendizaje.
Horarios claros para dispositivos electrónicos
El uso excesivo de dispositivos electrónicos puede interferir con el descanso y la concentración, así como con las tareas escolares.
Es por ello por lo que establecer horarios claros para el celular, la televisión o los videojuegos es clave. Promueva la actividad física al aire libre y procure que no tengan más contactos con pantallas al menos una hora antes de dormir para que no interfiera con el sueño, indicó Josué Sánchez.
“La educación es una tarea compartida. Cuando la familia y el centro educativo trabajan juntos desde el día 1, el estudiante tiene todas las condiciones para triunfar.”





