El pastoreo estratégico transformó a un rebaño de cabras en una respuesta natural para la prevención de incendios forestales.

El verano de 2017, Rocío Cruces y Víctor Faúndez vieron un gran horizonte de fuego sin control avanzar desde una localidad vecina ubicada a 52 kilómetros hacia su hogar en Santa Juana, una comuna rural del centro sur de Chile ubicada en la región del Biobío. Se trata de un paisaje de transición entre la Cordillera de la Costa, valles interiores y zonas de interfaz rural-forestal especialmente vulnerables a los incendios forestales.
Fue entonces cuando comprendieron que si no reducían los grandes volúmenes de vegetación seca que les rodeaba, los incendios forestales podría alcanzarlos fácilmente. “La idea la encendió el miedo”, recuerda Rocío. Pero, esa conclusión los llevó a otra reflexión importante: ¿cómo proteger el paisaje sin degradarlo? La respuesta llegó desde el conocimiento de la naturaleza y del territorio que habitan.
Así, la decisión para proteger el bosque nativo de su predio se convirtió en “Buena Cabra”, una experiencia pionera de pastoreo estratégico para la prevención de incendios, una herramienta efectiva para reducir la carga de combustibles y gestionar el riesgo de incendios en paisajes forestales vulnerables, que comienza a abrir camino en América Latina.
Con ello, Rocío y Víctor cambiaron las prioridades que tenían en cuanto a desarrollar un espacio de ecoturismo y ciclismo de montaña, al llegar en 2016 a un predio de 16 hectáreas que estaba la mitad cubierto por bosque nativo y rodeado de plantaciones forestales, parcelaciones y campos intervenidos. La protección contra los incendios forestales de su terreno se había vuelto más urgente.
Comenzaron a investigar experiencias internacionales en España, Portugal, Francia y Australia, donde cabras y ovejas eran utilizadas para reducir vegetación inflamable en zonas de interfaz urbano-rural. No encontraron referencias similares en Sudamérica, sin embargo, esa ausencia, lejos de desalentarlos, reforzó la decisión de probar. “Lo vimos viable porque, en rigor, es bien sencillo”, recuerda Rocío. “No teníamos tantas dudas. Teníamos más ganas de implementarlo”.
Las cabras tienen una capacidad singular: llegan donde otras respuestas para combatir el fuego no pueden. Suben laderas empinadas, se internan entre pastizales secos y otros arbustos altamente inflamables. Avanzan por cercos, quebradas y bordes de bosques donde muchas maquinarias no entran y donde los tratamientos químicos no siempre son viables. Al alimentarse en estos lugares reducen el material vegetal que durante el verano puede convertirse en combustible.
Construyendo mosaicos de cortafuego vivos
Fue entonces como en el invierno de ese mismo año llegaron las primeras 16 cabras desde una zona cordillerana del sur de Chile. Los animales venían acostumbrados a grandes extensiones de terreno y a la libertad de la montaña, por lo que los primeros días se escapaban con frecuencia. Rocío y Víctor aprendieron a seguir sus rastros en el suelo, a reconocer sus recorridos y, sobre todo, a comprender su lógica de movimiento.
Junto con el rebaño llegó también la necesidad de protección, ya que no bastaba con mover las cabras, sino que debían resguardarlas de perros asilvestrados, zorros y otras amenazas del entorno rural. Su primer perro de defensa fue criado siguiendo una práctica ancestral: antes incluso de abrir los ojos, el cachorro fue puesto a dormir con el rebaño y fue alimentado directamente desde la ubre de una cabra. Ese vínculo marcó su comportamiento futuro y más que vigilar desde fuera, el perro aprendió a vivir dentro del grupo, moverse con él y responder a sus tiempos y desplazamientos.
Ese proceso inicial fue clave. Antes de convertirse en una metodología, “Buena Cabra fue una historia de observación paciente, ensayo, errores y aprendizaje cotidiano junto al rebaño.





