Autora: Geanina Alvez Kelly, psicóloga, gerontóloga y facilitadora de cursos de gimnasia y salud mental en la Asociación Gerontológica Costarricense (AGECO).

La soledad no siempre se nota, no siempre hace ruido, a veces se esconde detrás de rutinas repetitivas, llamadas que ya no llegan o puertas que se abren cada vez menos. El aislamiento social no deseado puede tener efectos profundos en la salud mental y física: aumenta el riesgo de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo, suicidio e incluso, de enfermedades crónicas.
Conectar y sanar: la comunidad para combatir el aislamiento
No se trata únicamente de estar en soledad, sino de sentir que la compañía con familiares no es suficiente. Alrededor de esta población existen estereotipos que inducen a equivocación, por ejemplo: “ya son mayores, tienen todo resuelto” o, al contrario, “está deprimido, es normal, es por su edad”. Estas creencias llevan a minimizar señales de alerta. Cuando la tristeza, el aislamiento o los cambios cognitivos se normalizan, se dejan de atender necesidades emocionales fundamentales, y esto puede provocar baja autoestima y una progresiva pérdida del sentido de propósito y del verdadero potencial.
Desde una perspectiva psicológica, la soledad sostenida impacta directamente en la percepción de valía personal, en la motivación y en la capacidad de vinculación. Además, se asocia con mayores niveles de estrés, alteraciones del sueño y un deterioro en las funciones cognitivas, especialmente en la memoria y la atención. La falta de interacción significativa empobrece el entorno emocional y limita los estímulos necesarios para un envejecimiento activo y saludable.
Desde el punto de vista cognitivo, la interacción social cumple una función clave en la estimulación del cerebro; pues al dejar de socializar, también dejamos de practicar habilidades fundamentales como el lenguaje, el uso del vocabulario, la comprensión, la expresión emocional y la capacidad de escuchar y de responder a otras personas. Asimismo, se ven comprometidas funciones ejecutivas como la planificación, la organización y la toma de decisiones, que se activan de manera natural en la vida cotidiana cuando interactuamos con otras personas.
Sociedades empáticas: del aislamiento a la interconexión
Diversas teorías del envejecimiento cognitivo, como la teoría del desuso, plantean que aquellas funciones que no se ejercitan tienden a debilitarse con el tiempo, convirtiéndose en un factor de riesgo para el desarrollo de deterioro cognitivo. Por ello, mantener una vida social activa impacta el bienestar emocional y actúa como una forma de protección y de estimulación cognitiva. La soledad y el aislamiento pueden y deben combatirse.
La clave está en generar espacios de encuentro significativos donde las personas ocupen su tiempo y construyan relaciones, compartan experiencias, aprendan algo nuevo y se sientan parte de una comunidad. Estos espacios pueden ser físicos o virtuales, lo esencial es que promuevan la interacción, la empatía y el sentido de pertenencia.
En este sentido, existen distintas organizaciones, universidades, municipalidades, grupos comunitarios y ONG como la Asociación Gerontológica Costarricense (AGECO), que desempeñan un papel fundamental. AGECO, a través de una amplia variedad de cursos y actividades, fomenta el aprendizaje continuo, y la creación de vínculos significativos. Cada clase se convierte en una oportunidad para conversar, reír, intercambiar ideas y descubrir intereses en común.
Participar en un curso es adquirir conocimiento nuevo; y abrir una puerta a nuevas amistades, metas y a una renovada motivación. Es aprender, crecer y sentirse en compañía. Además, es importante considerar acciones concretas para combatir la soledad en la vida cotidiana desde nuestros hogares: fomentar rutinas con sentido, promover el contacto intergeneracional, facilitar el acceso a actividades comunitarias, validar las emociones de la persona adulta mayor y, cuando sea necesario, buscar apoyo profesional. Pequeños gestos como una llamada frecuente, una visita o incluir activamente a la persona en decisiones familiares pueden marcar una gran diferencia.
Combatir el aislamiento es una responsabilidad compartida. Como sociedad, debemos promover iniciativas que mantengan a las personas mayores activas, conectadas y valoradas. Y en el ámbito personal debemos dar el primer paso: inscribirnos, invitar a alguien más, recomendar un espacio de encuentro. Porque cuando fortalecemos la conexión humana también mejoramos la salud mental; y al final, una comunidad más unida es más sana para personas de todas las edades.





