· Valeria, Alejandra, Daniela, Gabriela, Nicole y Keilyn combinan maternidad, trabajo y educación superior para alcanzar sus metas profesionales y convertirse en referentes para sus hijos

Estudiar una carrera universitaria ya exige tiempo, disciplina y perseverancia. Hacerlo mientras se cría a un hijo añade responsabilidades, decisiones y renuncias que no siempre se ven. Para muchas madres, sin embargo, ese esfuerzo también representa la posibilidad de construir un futuro distinto y mostrarles a sus hijos que los sueños también se defienden.
Las historias de estudiantes y graduadas de Universidad Fidélitas muestran que detrás de un título hay mucho más que horas de estudio. Hay bebés que esperan a que termine una clase, tareas que se hacen cuando los hijos duermen, jornadas laborales que deben encajar con las responsabilidades familiares y, también, familias que se convierten en una red para que una mujer pueda seguir adelante.
Estudiar mientras una bebé duerme
A sus 22 años, Valeria Miranda, estudiante de Ingeniería Industrial, es madre de una niña de un año. Su hija fue una de las razones que la llevaron a retomar sus estudios después de una pausa.
Había comenzado Administración de Empresas, pero el trabajo, el embarazo y la recuperación posterior al parto la hicieron detenerse temporalmente para dedicar tiempo a su bebé. Meses después, con el respaldo de su pareja y su familia, regresó a la universidad y eligió Ingeniería Industrial, una carrera que realmente le gusta.
“Mi mayor motivación es poder darle todo lo que necesita mi bebé y para eso debía empezar por concluir mis estudios”, explica.
El camino no ha sido sencillo. Valeria atravesó una depresión posparto y también ha tenido que estudiar de madrugada o avanzar en trabajos mientras su hija duerme. Pero ella no mira ese esfuerzo como una renuncia a su vida, sino como parte de la mujer que quiere llegar a ser. “Todo mi esfuerzo es para que mi bebé pueda estar orgullosa de su mamá”, afirma.
Tres horas de camino para llegar a la universidad
Para Alejandra Montoya, de 26 años, estudiar Ingeniería Civil también significa recorrer una distancia considerable. Es madre de un niño de siete años, vive en Grano de Oro de Turrialba y trabaja como analista de vivienda de tasas de interés social en la Reserva Indígena de Chirripó.
Cuando comenzó la universidad, su hijo tenía cinco años. Desde entonces, organizar su vida ha significado coordinar con su madre el cuidado del niño y distribuir las horas entre la crianza, el trabajo y los estudios.
Sus días comienzan temprano: lleva a su hijo a la escuela, estudia con él, trabaja durante la tarde y reserva las noches para la universidad. Además, debe desplazarse aproximadamente tres horas para llegar a clases. “Ser mamá y estudiar es un poco complicado”, reconoce.
Hubo momentos en que pensó en dejar la carrera. Sin embargo, el deseo de terminarla y convertirse en un ejemplo para su hijo la hizo continuar.
Uno de sus recuerdos más especiales ocurrió incluso antes de comenzar las clases. El día de la matrícula, su hijo quiso acompañarla. Recorrieron la universidad, conocieron las aulas y compartieron la emoción de ver cómo aquel proyecto comenzaba a hacerse realidad. “Los dos estábamos cumpliendo un sueño”, recuerda.
Un embarazo y dos graduaciones
Daniela Wilson, de 35 años, estudió Psicología y quedó embarazada cuando finalizaba el bachillerato. Aunque muy retador el ser mamá, estudiante y trabajadora, decidió continuar sus estudios sin pausa hasta completar también la licenciatura, agradecida con el apoyo de su familia en el cuido de su hijo.
Su hijo, actualmente de nueve años, estuvo presente en dos momentos que marcaron su trayectoria: las graduaciones de bachillerato y licenciatura.
La tesis fue una de las etapas más exigentes. Hubo noches en las que Daniela se acostaba a las 2 a. m. y a las 6:00 a.m. ya estaba en pie para continuar. A ese esfuerzo se sumaba el hecho de sacrificar el dedicarle más tiempo a su hijo, pero hoy lo hace orgullosa de haber logrado su meta.
Actualmente trabaja y vive sola con él. Describe sus días como una sucesión de “carreras”, pero también de amor y perseverancia.
Y entre todas las exigencias de ese camino, hay una imagen que guarda con especial cariño: su hijo acompañándola a recoger sus dos títulos.
Diferentes caminos, una misma meta
Las historias de otras mujeres de Universidad Fidélitas muestran que no existe una única manera de combinar maternidad y desarrollo profesional.
Gabriela Sanabria, graduada de Ingeniería Electromecánica, comenzó sus estudios cuando su hija tenía dos años. Gracias a una beca y a su perseverancia, tres años después consiguió su primer empleo como ingeniera.
Nicolle Gutiérrez estudió Ingeniería Civil gracias a la Beca Ing. Sandra Cauffman. Cursó buena parte de la carrera durante la pandemia y hoy celebra su graduación mientras se prepara para ser mamá.
Por su parte, Keilyn Venegas Madrigal, madre soltera de dos hijos adolescentes, combinó durante casi seis años el trabajo, la maternidad y la universidad hasta graduarse como ingeniera industrial.
Sus historias son diferentes, pero comparten una decisión, la de alcanzar su sueño profesional combinado con la maternidad.
¿Por qué tengo que renunciar a algo para ser la mujer que quiero ser?”
Ese camino también lo ha recorrido Melania Solano, decana de la Facultad de Ingenierías y Arquitectura de la Universidad Fidélitas, quien fue la primera nieta de su familia en llegar a la universidad y también la primera en estudiar una ingeniería.
Al principio, su padre no quería que estudiara esa carrera. Ella decidió defender su elección y costearse sus propios estudios para poder escoger libremente el camino que quería.
Durante la universidad fue frecuente que estuviera en grupos donde era la única mujer. Más adelante, en el mundo laboral, comenzó a construir su trayectoria de liderazgo y a enfrentar estereotipos y decisiones difíciles.
La maternidad trajo nuevos miedos y sentimientos de culpa. Pero también una pregunta que terminó convirtiéndose en una convicción: “¿Por qué tengo que renunciar a algo para ser la mujer que quiero ser?”
“Ser madre no me hizo renunciar a la mujer que quería ser; me dio más razones para convertirme en ella y enseñarle a mi hijo, con el ejemplo, que los sueños también se defienden”, afirma.
Para Melania, la maternidad también fue una escuela que transformó su manera de liderar. Le enseñó a planificar, poner límites, administrar recursos, hablar claro, comprender y tomar decisiones incluso en momentos de presión.
La educación como legado
“Cuando una madre decide estudiar, no está construyendo únicamente su propio futuro. También está construyendo un ejemplo que sus hijos podrán llevar consigo durante toda la vida. Cada examen, cada proyecto, cada jornada de estudio y cada obstáculo superado les demuestra que la educación abre oportunidades y que las metas pueden alcanzarse con perseverancia”, señala Emilia Gazel, rectora de Universidad Fidélitas, quien enfatiza que hay muchísimos casos de chicas que han demostrado durante más de cuatro décadas que es posible alcanzar los sueños profesionales combinados con la maternidad.





