Por qué la captura de Maduro podría tener más que ver con la inteligencia artificial que con el narco o la democracia

Por qué la captura de Maduro podría tener más que ver con la inteligencia artificial que con el narco o la democracia

El pasado 3 de enero de 2026 ya quedó marcado como una fecha de quiebre en la política hemisférica. Ese día, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció que fuerzas estadounidenses habían capturado a Nicolás Maduro y a su esposa durante una operación militar en Venezuela. En su discurso posterior, Trump no solo justificó la acción como una respuesta contra un régimen acusado de crimen organizado: fue más lejos. Afirmó que Estados Unidos “dirigiría” Venezuela “por ahora” y repitió una idea económica clave que pasó casi desapercibida en la vorágine inicial: la operación no “costaría un centavo”, porque se financiaría con “dinero que sale del suelo”.

El mensaje fue explícito. Petróleo.

La interpretación inmediata apunta a lo conocido: narcotráfico, seguridad hemisférica, política interna, ideología y poder. Todo eso está presente pero no alcanza para explicar la urgencia, el lenguaje económico y, sobre todo, la disposición a hablar de la administración directa de un país entero.

Para entender ese tono, y por qué aparece ahora, hay que mirar en otra dirección: la transición silenciosa de la inteligencia artificial desde el software hacia la infraestructura física.

La IA es más que solo una capa digital, es un problema industrial y cuando algo se vuelve industrial, entra automáticamente en la lógica del Estado, de la energía y del territorio”, explica Guillermo Salas Dalsaso, experto en transformación digital e implementación de inteligencia artificial.

De los algoritmos al mundo material

Durante años, la inteligencia artificial se percibió como algo intangible: modelos, algoritmos, texto, imágenes, productividad; esa fue la primera ola. La segunda, la que se está gestando, no vive en la nube, habita en fábricas, centros de datos, redes eléctricas, sensores, chips, logística y energía.

Todo lo que hoy entendemos como “producto” está a punto de cambiar. Un horno ya no es solo un horno: integra cámaras y sensores, reconoce lo que hay dentro, ajusta temperatura y humedad, y cocina según preferencias aprendidas. Una cafetera interpreta hábitos biológicos. Un dispensador de maquillaje analiza piel y clima. Robots industriales ya no solo ejecutan órdenes: coordinan, optimizan y toman decisiones.

Ese futuro “smart” no depende de mejores prompts, depende de infraestructura y muchísima infraestructura.

“La IA no se alimenta de datos abstractos, se alimenta de kilovatios. El cuello de botella real no es el talento ni el capital, es la energía disponible y constante”, resume Salas Dalsaso. 

La energía como nuevo eje de poder

La conversación pública sigue centrada en lo que la IA puede decir o crear, pero la restricción que está reordenando decisiones de Estado es eléctrica. Centros de datos, transmisión, subestaciones, transformadores, agua para enfriamiento, gas y nuclear.

La Agencia Internacional de Energía proyecta que el consumo eléctrico global de los centros de datos se duplicará hacia 2030, impulsado en gran parte por la adopción masiva de IA. En Estados Unidos, el cómputo ya es un tema estratégico: los centros de datos consumieron cerca de 183 TWh en 2024 y podrían más que duplicar esa cifra antes de que termine la década.

Cuando la IA empieza a competir por potencia y no solo por innovación, los países vuelven a pensar como empresarios industriales y  eso cambia la política exterior”. agrega el experto.

Venezuela como palanca estratégica

Bajo este contexto, Venezuela deja de ser solo un problema regional y se convierte en una palanca geopolítica.

El país posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, pero hoy produce una fracción de su capacidad histórica debido al deterioro de su infraestructura, la falta de inversión y las sanciones. Parte de ese crudo pesado es compatible con refinerías específicas, incluidas algunas en Estados Unidos.

Trump enmarcó la captura de Maduro con un argumento económico: la operación “se paga sola”. Horas después, habló de inversiones multimillonarias de empresas estadounidenses para reconstruir la industria petrolera. Analistas advierten que una recuperación real llevaría años y enormes volúmenes de capital. No hay soluciones instantáneas. Pero el mensaje es otro.

Hacia adentro, se presenta como inversión. Hacia los mercados, como promesa de oferta futura. Y hacia los rivales, como señal de control energético regional”, enfatiza Dalsaso.

Es importante ser precisos: los centros de datos no funcionan con petróleo. Funcionan con electricidad. El vínculo entre IA y Venezuela no es técnico, es estructural. El petróleo sigue siendo una variable central del sistema global: financia Estados, estabiliza economías, define márgenes industriales y condiciona la geopolítica.

Cuando un líder insiste en que una intervención se paga con recursos naturales, está declarando el marco económico de la decisión. No es solo un argumento político, es una señal estratégica.”, agrega Salas. 

El costo invisible del futuro inteligente

Esta lectura no es una defensa de la operación, sino una explicación del clima que la vuelve imaginable. Expertos en derecho internacional ya cuestionan la coherencia de presentar la acción como un “arresto” mientras se habla de administrar políticamente un país. El precedente importa.

Cuando la infraestructura y la energía se convierten en sinónimos de liderazgo tecnológico, la tentación de tratar recursos como botín estratégico crece. Y cuando eso se cruza con la política doméstica, el resultado puede ser explosivo.

“El futuro inteligente se está construyendo con recursos del siglo XX, metal, energía, territorio. La diferencia es que ahora esos recursos alimentan algoritmos”, concluye Salas Dalsaso. 

Por eso la captura de Maduro tiene más que ver con la inteligencia artificial que con el narco. La tecnología no explica una operación militar, la tecnología, y lo que se necesita para desarrollarla, revela el tipo de economía que ya está en marcha.

La inteligencia artificial es una promesa y  esa promesa está reescribiendo la geopolítica global.

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