Cómo comprender, prevenir y acompañar tras un hecho que conmociona al país

Un hecho violento entre dos jóvenes, ambos estudiantes y aparentemente conocidos entre sí, ha sacudido dolorosamente a Costa Rica. Las imágenes grabadas por un testigo y difundidas en redes sociales han amplificado el impacto emocional del suceso, generando una mezcla de dolor, indignación, incredulidad, impotencia colectiva, muchas preguntas y dudas.
Pero más allá del caso particular, que corresponde a las autoridades investigar y abordar, especialistas en psicología de Universidad Fidélitas advierten que este tipo de acontecimientos deben abrir una conversación más profunda sobre salud mental, convivencia entre pares y el papel de la sociedad ante la violencia.
“El primer impulso social suele ser buscar culpables o simplificar el fenómeno en términos de ‘buenos y malos’. Sin embargo, desde la psicología lo importante es entender qué procesos sociales, emocionales y culturales pueden estar detrás de estos episodios”, explica Álvaro Solano, director de Psicología de Universidad Fidélitas
Un fenómeno que no aparece de la nada
La violencia entre jóvenes rara vez surge de forma súbita. Generalmente es el resultado de acumulaciones emocionales, conflictos mal gestionados y contextos sociales donde los jóvenes carecen de herramientas para regular la frustración, el enojo o la humillación.
Durante la adolescencia y la transición a la adultez temprana, entre los 16 y 21 años, el cerebro aún está desarrollando áreas clave relacionadas con el control de impulsos, la evaluación de consecuencias y la regulación emocional, agrega el profesional de Psicología.
“Lamentablemente, en la actualidad, los jóvenes viven hoy en entornos donde los conflictos pueden convertirse en espectáculos públicos. Eso cambia la forma en que se perciben las confrontaciones y también cómo reaccionan”, advierte el docente de Fidélitas.
El impacto psicológico de la viralización
Uno de los aspectos que más ha impresionado a la población es que el hecho fue grabado y circula ampliamente en redes sociales y esto tiene consecuencias insospechadas:
Primero, porque la repetición constante de la escena puede generar trauma colectivo, especialmente entre jóvenes que se identifican con las personas involucradas.
Segundo, porque la viralización puede producir un fenómeno conocido como “distancia emocional digital”: cuando las personas observan un hecho violento a través de una pantalla, la sensación de urgencia o responsabilidad puede disminuir.
“Las redes sociales transforman eventos reales en contenido que se consume, se comparte y se comenta. Eso puede provocar que la reacción social se enfoque más en el juicio o el espectáculo que en la comprensión o la prevención”, señala el experto.
¿Grabar convierte a alguien en cómplice?
La reacción en redes sociales ha sido particularmente crítica con la persona que grabó el hecho. Sin embargo, desde la psicología social el fenómeno es más complejo, incluso porque hoy hay un cambio cultural ligado a la tecnología, la forma en que se perciben los eventos y cómo las personas reaccionan frente a ellos.
Muchos testigos experimentan lo que se conoce como efecto mirón o espectador, un mecanismo ampliamente estudiado en el que, cuando varias personas presencian una situación de riesgo, cada una asume que alguien más intervendrá o no logra reaccionar con rapidez, sobre todo porque tampoco imagina lo que vendrá.
Además, en situaciones de tensión o miedo, algunas personas recurren al teléfono como parte de esa cultura de registrarlo todo o como una forma automática de procesar lo que está ocurriendo.
“En algunos casos, el celular funciona como una especie de filtro psicológico. La pantalla crea una distancia emocional que reduce la empatía inmediata y hace que el cerebro entre más en modo observador que en modo de intervención. En otros casos, sí existe una motivación legítima que es registrar para tener evidencia de lo que ocurrió. Muchas agresiones o abusos han podido denunciarse gracias a videos.”, detalla el psicólogo.
“Grabar no necesariamente implica intención de ser cómplice. A veces es una reacción inmediata de shock, miedo o incapacidad momentánea de actuar, sobre todo, porque tampoco sospechó el desenlace”, explica el especialista.
Sin embargo, las leyes de Costa Rica son claras al hablar del deber de auxilio ante personas indefensas. Los expertos coinciden en que la prioridad siempre debe ser intentar pedir ayuda, alertar a adultos o autoridades y evitar la difusión del material violento, ya que compartirlo puede revictimizar a las personas involucradas, sus familias y amigos.
Qué deben hacer quienes presencian una situación de riesgo
Los especialistas recomiendan algunas acciones básicas si alguien presencia una discusión o posible agresión entre jóvenes:
- Mantenga distancia física para evite ponerse en riesgo, sobre todo si hay armas.
- Alerte inmediatamente a adultos cercanos y pida ayuda a personas presentes.
- Llame a las autoridades correspondientes
- No provoque ni intensifique el conflicto.
- Si graba el hecho, utilícelo únicamente como evidencia para autoridades, NO para difundirlo en redes.
Señales de alerta que las familias no deben ignorar
En muchos casos, los conflictos entre jóvenes muestran señales previas, por lo que se debe estar atento a
- Aislamiento repentino o ruptura brusca con amistades.
- Expresiones frecuentes de ira, resentimiento o humillación.
- Conflictos intensos en redes sociales.
- Cambios bruscos de conducta o impulsividad.
- Obsesión con venganzas o confrontaciones.
Más que vigilar, los especialistas recomiendan crear espacios de conversación emocional, donde los adolescentes puedan expresar frustraciones sin miedo a ser juzgados o castigados.
“El tema es que no necesariamente los jóvenes carezcan de valores, sino de espacios seguros para hablar de lo que sienten”, explica Álvaro Solano.
El rol de los centros educativos
En Costa Rica, el Ministerio de Educación Pública cuenta con protocolos para prevenir y atender situaciones de violencia, bullying, portación de armas y otros riesgos dentro de las comunidades educativas, diseñados para intervenir de manera inmediata y proteger a la población estudiantil.
Estos lineamientos establecen que las instituciones educativas deben:
- Detectar señales tempranas de conflicto o violencia.
- Activar rutas de atención cuando se identifique riesgo.
- Informar a las familias y autoridades competentes.
- Dar acompañamiento psicológico a las personas involucradas.
Además, el país impulsa iniciativas como el Programa Nacional de Convivencia Estudiantil, orientado a fortalecer habilidades para la convivencia, la resolución pacífica de conflictos y el respeto entre estudiantes. Para los expertos, sin embargo, el desafío no es solo tener protocolos, sino trabajar de manera constante en prevención emocional dentro de las aulas.
Comprender para prevenir
Cuando un hecho de violencia entre jóvenes ocurre, la reacción social suele oscilar entre la indignación y el miedo. Pero desde la psicología la pregunta más importante no es solo qué pasó, sino qué podemos aprender como sociedad para evitar que vuelva a ocurrir.
“Cada episodio de violencia juvenil nos recuerda algo incómodo pero necesario: educar no es solo enseñar materias, sino también enseñar a manejar la rabia, la frustración y el dolor”, concluye el especialista.





