Por María José Bazo, presidenta del Clúster de Centroamérica de Schneider Electric.

San José, Costa Rica. 21 de julio 2026. Centroamérica atraviesa un momento paradójico. Por un lado, la región ha experimentado un crecimiento sostenido en la adopción de tecnologías digitales, impulsado por la expansión del nearshoring o contratación de servicios en países cercanos, el auge de los centros de operaciones compartidas y una creciente inversión extranjera directa en sectores tecnológicos. Costa Rica, Guatemala, Honduras y El Salvador han posicionado sus economías como destinos atractivos para empresas multinacionales que buscan talento calificado a costos competitivos. Por otro lado, ese mismo crecimiento ha dejado al descubierto una brecha que se ensancha con cada año que pasa: la escasez de profesionales con competencias digitales críticas.
El Foro Económico Mundial estimó en su informe Future of Jobs 2023 que para 2027, el 44% de las habilidades fundamentales de los trabajadores a nivel global habrán cambiado, y que más de 85 millones de puestos de trabajo podrían quedar sin cubrir por falta de talento adecuado. En América Latina, esta tendencia se agudiza. Según el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la región enfrenta un déficit de más de 1.2 millones de profesionales en tecnologías de la información, cifra que crece a un ritmo que los sistemas educativos tradicionales no logran seguir. Centroamérica, con sus limitaciones estructurales en educación técnica y superior, no es la excepción: es uno de los eslabones más vulnerables de esa cadena.
Lo que hace especialmente preocupante esta situación es que la brecha de talento digital no es únicamente un problema de competitividad económica. Es también un riesgo de seguridad. En 2023, el Equipo de Respuesta ante Emergencias Informáticas de Costa Rica (CSIRT-CR) -país que en 2022 sufrió uno de los ataques de ransomware o secuestro de información más devastadores registrados contra un gobierno en América Latina- reportó un incremento sostenido en los intentos de intrusión a sistemas críticos en toda la región. Guatemala, Honduras y El Salvador han registrado aumentos similares en incidentes de ciberseguridad dirigidos tanto al sector público como al privado, según datos de la Organización de los Estados Americanos (OEA) en su informe de ciberseguridad para América Latina y el Caribe.
La conclusión que se desprende de estos datos es tan simple como urgente: una organización que no invierte en formar a sus colaboradores en competencias digitales no solo pierde productividad; se convierte en un blanco fácil. Más del 80% de los incidentes de seguridad digital tienen como origen un error humano, ya sea un clic en un correo malicioso, una contraseña débil o un proceso mal configurado. La tecnología más avanzada del mercado no puede compensar la falta de preparación de las personas que la operan.
Aquí es donde el concepto de upskilling -el desarrollo sistemático de nuevas competencias digitales entre los colaboradores- cobra una relevancia que va mucho más allá de la jerga corporativa. Es una estrategia de supervivencia empresarial. Las organizaciones centroamericanas que han comprendido esto están construyendo programas internos de formación continua, alianzas con plataformas de educación tecnológica y rutas de desarrollo profesional que permiten a sus equipos evolucionar al mismo ritmo que la tecnología que utilizan.
El problema es que estas iniciativas siguen siendo la excepción y no la regla. Según un informe sobre talento e innovación en América Latina elaborado por CAF (el Banco de Desarrollo de América Latina), apenas el 30% de las empresas medianas y grandes de la región cuenta con programas estructurados de capacitación digital para sus empleados. En el segmento de pequeñas y medianas empresas, que representan más del 90% del tejido empresarial centroamericano, esa cifra cae de manera dramática. La mayoría de las organizaciones sigue apostando por contratar talento ya formado en lugar de desarrollar el que ya tiene, una estrategia que resulta cada vez más insostenible en un mercado donde los perfiles digitales escasean y la competencia por atraerlos es global.
Existe además un desafío particular para las industrias con operaciones críticas en la región: la convergencia entre los entornos de tecnología de la información y la tecnología operativa. En sectores como la manufactura, la energía, la agroindustria y la logística -pilares fundamentales de las economías de la región- más conectados a redes digitales. Esto significa que una vulnerabilidad en un sistema operativo puede tener consecuencias que van mucho más allá de una fuga de datos: puede comprometer líneas de producción, infraestructura de distribución eléctrica o cadenas de suministro enteras.
El perfil profesional que esta realidad demanda a alguien que comprenda tanto los procesos operativos como las herramientas digitales que los gestionan.. Formarlo desde adentro, a través de programas de upskilling diseñados específicamente para esa convergencia, es hoy una de las apuestas más inteligentes que puede hacer cualquier empresa industrial de la región.
Y luego está la inteligencia artificial. Mucho se habla de su potencial para transformar industrias, automatizar procesos y generar eficiencias sin precedentes. Pero poco se discute sobre lo que realmente implica para el talento humano. La inteligencia artificial no elimina la necesidad de capacitación; la intensifica. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ha analizado el impacto de la inteligencia artificial sobre el empleo y las competencias laborales, concluyendo que las habilidades de supervisión crítica, interpretación de resultados y gestión ética de sistemas automatizados se vuelven cada vez más valiosas en entornos donde la inteligencia artificial opera. En Centroamérica, donde la adopción de herramientas de inteligencia artificial en el sector empresarial avanza a paso acelerado, esta brecha de comprensión y manejo de la tecnología puede convertirse rápidamente en una fuente de errores costosos y decisiones mal fundamentadas.
Centroamérica tiene una oportunidad real. La región cuenta con una población joven (más del 60% tiene menos de 35 años, según datos de la CEPAL), una creciente infraestructura de conectividad y un ecosistema de nearshoring que genera demanda constante de perfiles digitales. Pero esa oportunidad tiene fecha de vencimiento. Si las empresas, los gobiernos y las instituciones educativas no actúan de manera coordinada y urgente para cerrar la brecha de talento digital, lo que hoy es una ventaja comparativa puede convertirse en una desventaja estructural en menos de una década.
Reducir esa brecha no es tarea exclusiva de los departamentos de recursos humanos ni de los ministerios de educación. Es una responsabilidad compartida que exige liderazgo empresarial, políticas públicas coherentes y una cultura organizacional que entienda el aprendizaje continuo no como un lujo, sino como la condición mínima para competir en la economía del siglo XXI.




